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Todas las delicias de los amasijos boyacenses en un solo lugar. Arepas, garullas, almojábanas y colaciones de maíz, entre otros.
Hablar de Boyacá es hablar de tradición, paisajes y buena comida. Así lo entendió hace décadas don José Hélber Rincón Castiblanco, hombre inquieto, pero disciplinado, que desde muy niño ya comenzaba a dominar un arte complejo en la cocina boyacense, el de los amasijos.
“Recuerdo que mi abuela no nos permitía entrar a la cocina cuando estaba preparando las arepas, en cambio, nos ponía a jugar con barro para que hiciéramos nuestras propias arepas las que luego secábamos al sol”, dice emocionado don Helbert.
La abuela lo hacía por higiene, ese era su lugar sagrado del sabor, pero también, astutamente, permitía que su nieto fantaseara con elaborar sus primeras arepas, las que luego vendía a sus clientes imaginarios. Y sin querer, o tal vez sí, fue marcando el camino que habría de seguir.
Con 19 años, y muchos sueños, comenzó a laborar en una fábrica de arepas. Allí, recordó sus días de juego, pero esta vez era la vida real, la del trabajo, con extensos horarios y constantes madrugadas y trasnochadas. Solo le bastó dos años en ese lugar para decidir que ya era tiempo de volar.
Y así, a los veintiuno inició el vuelo como emprendedor. Nada fácil pero no imposible. Eso sí, sin olvidar sus orígenes y siempre agradecido con la vida. Hoy emplea a más de treinta personas, compra el maíz, y otros insumos, directamente a los campesinos. “Hay que apoyarlos para que sigan cultivando”, afirma categóricamente.
Cada mañana, desde muy temprano, el centro de Tunja se llena de provocativos aromas. Y cuando alguien pregunta de dónde vienen, con seguridad alguien responderá: “De Delicias Boyacenses, sumercé”.