Su propio partido, la Alianza Verde, espera que John Amaya pueda superar los 70 mil votos en Boyacá y al menos 30 mil por fuera del departamento. Hay cálculos más optimistas, pero también voces internas que advierten que la colectividad enfrenta un escenario más complejo que en 2022, cuando alcanzó cerca de dos millones de votos a nivel nacional.
Por tierra, mar y aire, John Amaya Rodríguez ha recorrido el país durante los últimos meses en la búsqueda de un objetivo claro: obtener los votos suficientes para ingresar a las grandes ligas de la política colombiana, el Senado de la República.
Su agenda de campaña no se ha limitado a Boyacá, su principal bastión electoral. Aunque allí se concentra la mayor expectativa —con una meta mínima de 70 mil votos—, Amaya ha entendido que una aspiración al Senado exige estructura y presencia nacional. Por eso, su nombre ha empezado a sonar en departamentos como La Guajira, Atlántico, Magdalena, Bogotá, Casanare, Cesar, Córdoba, Bolívar, Cundinamarca, Caquetá y Quindío, entre otros, en donde tiene aliados y ha presidido manifestaciones políticas.
De acuerdo con cálculos internos de la Alianza Verde, para que un candidato tenga posibilidades reales de asegurar curul, necesita entre 95 mil y 110 mil votos, dependiendo del desempeño general del partido, el umbral y la dispersión de la votación entre los integrantes de la lista. En ese escenario, la suma de Boyacá y el resto del país se vuelve determinante.
Sin embargo, el contexto no es el mismo de hace cuatro años. En 2022, la Alianza Verde logró cerca de dos millones de votos, impulsada por un momento político favorable, figuras de alto reconocimiento nacional y una coalición amplia de sectores alternativos. Hoy, varios analistas coinciden en que la colectividad enfrenta desgaste interno, fragmentación del voto y mayor competencia dentro de la propia lista, lo que eleva el umbral real para cada aspirante.
Aun así, sectores del partido consideran que Amaya tiene a su favor dos factores clave: arraigo territorial en Boyacá y una estrategia de expansión regional basada en alianzas locales, recorridos constantes y presencia directa con liderazgos sociales. La apuesta es clara: consolidar una votación fuerte en su departamento y complementarla con bloques medianos en la Costa Caribe, el centro del país y algunos departamentos del sur.
El reto, en todo caso, no es menor. Más allá de los números, Amaya compite en una lista donde cada voto cuenta doble: para asegurar su curul y para sostener el peso nacional de la Alianza Verde en el Congreso. En ese pulso, la pregunta ya no es solo cuántos votos puede conseguir, sino si el partido logrará repetir —o al menos acercarse— al resultado que lo llevó a su mejor momento electoral reciente.
Hace cuatro años la coalición Alianza Verde y Centro Esperanza alcanzó 1,956,985 votos, una cifra que le permitió conquistar 13 curules en el Senado y consolidarse como una de las fuerzas alternativas más relevantes del país.
En esa oportunidad esa Alianza fue la cuarta fuerza política más importantes del país, después del Pacto Histórico y los partidos Conservador y Liberal, pero superando al Centro Democrático, a Cambio Radical y al Partido de la U, entre otros.
En ese entonces, el partido Verde vivía su mejor etapa: era percibido como una colectividad emergente, con alto capital ético y político, heredera directa de la ola verde liderada por Antanas Mockus, y con figuras de amplio reconocimiento nacional como Humberto de la Calle Lombana en sus listas.
Ese escenario contrasta de manera significativa con el actual. Hoy, la Alianza Verde enfrenta un contexto mucho más adverso. A los cuestionamientos por pérdida de cohesión interna se suman escándalos de corrupción que han golpeado la imagen del partido, con investigaciones que involucran a dirigentes como Sandra Ortiz y Carlos Ramón González, situaciones que han erosionado uno de los principales activos históricos de la colectividad: su discurso anticorrupción.
Además, el partido llega a este nuevo ciclo electoral profundamente dividido en lo ideológico y lo estratégico. En su interior conviven sectores abiertamente petristas (como Ariel Ávila), alineados con el Gobierno nacional, y sectores abiertamente antipetristas (como Jota Pe Hernández o Angélica Lozano), críticos del Ejecutivo y distantes del proyecto político del Presidente. Esa fractura no solo dificulta la construcción de un mensaje unificado ante el electorado, sino que también fragmenta la votación dentro de una lista abierta altamente competitiva.
En ese contexto, lograr guarismos similares a los de 2022 aparece como un reto mayúsculo. Para candidatos como John Amaya Rodríguez el desafío no se limita a alcanzar una votación individual sólida, sino a hacerlo dentro de un partido que ya no cuenta con el mismo impulso, ni con el mismo consenso interno, ni con la misma narrativa de renovación política que lo llevó a su mejor desempeño electoral.
Según algunos analistas electorales, la Alianza Verde podría obtener en esta ocasión alrededor de 1.500.000 votos, una cifra inferior a la de 2022 pero suficiente para asegurar cerca de 10 curules en el Senado. Este ajuste a la baja no solo refleja el desgaste político del partido, sino que redefine por completo la competencia interna dentro de la lista.
Para aspirantes como John Amaya Rodríguez, el principal riesgo no está tanto en el umbral nacional, sino en la concentración de votaciones muy altas en otros candidatos, capaces de absorber una porción significativa del caudal electoral verde. En ese grupo aparecen nombres con alta visibilidad mediática y trayectoria nacional como Jota Pe Hernández, Ariel Ávila, Antonio Luis Zabaraín, Luis Eduardo Garzón, Angélica Lozano, Inti Asprilla o Katherine Miranda, quienes parten con ventajas claras en reconocimiento público y redes políticas consolidadas.
En un escenario de votación total más reducido, estas candidaturas fuertes tienden a elevar el ‘costo’ del voto interno, obligando a aspirantes regionales a superar marcas cada vez más exigentes para no quedar por fuera de la distribución final de curules. Así, para Amaya, no bastará con una votación destacada en Boyacá: será clave que su desempeño supere el promedio de la lista y le permita competir de tú a tú con figuras de alcance nacional dentro de una colectividad que, hoy, ya no reparte curules con la misma holgura de hace cuatro años.
¿Qué significa el sistema de reparto para Jhon Amaya?
Si la Alianza Verde alcanza cerca de 1.500.000 votos, como estiman algunos analistas, el partido podría asegurar alrededor de 10 curules en el Senado. A partir de ahí, la pregunta clave para John Amaya Rodríguez no es cuántos votos saque el Verde, sino en qué lugar queda dentro de la lista.
En una lista abierta no existe un mínimo legal de votos para ser senador.
Lo que define el ingreso al Senado es quedar entre los 10 candidatos más votados del partido.
Eso significa que Amaya no compite directamente contra otros partidos, sino contra sus copartidarios.
Con figuras de alto reconocimiento nacional, es muy probable que la lista esté fuertemente concentrada en los primeros lugares.
En ese escenario, los cálculos más realistas indican que el “corte” para el último senador verde podría ubicarse entre 60 mil y 90 mil votos.
Si Amaya logra el objetivo que se mueve en el propio partido —70 mil votos en Boyacá y 30 mil por fuera, para un total cercano a 100 mil votos—, su situación sería:
Competitiva y sólida para entrar entre los 10 primeros.
Dependiente, no obstante, de que no aparezcan demasiadas votaciones superiores a 150 o 200 mil votos dentro de la lista.
Vulnerable si la fragmentación interna reduce el número de curules del Verde por debajo de las diez.
El mayor riesgo para Amaya no es que el Verde no pase el umbral, sino que el partido obtenga menos curules de las previstas, y varias candidaturas nacionales concentren una porción desproporcionada del voto.
En ese caso, una votación que en otro momento habría sido suficiente podría dejarlo en el puesto 11 o 12, justo por fuera del reparto.
En términos prácticos, el sistema obliga a Amaya a una campaña de doble expansión: consolidar una votación dominante en Boyacá y, al mismo tiempo, sumar votos fuera del departamento que le permitan superar el promedio interno de la lista.
Para John Amaya, el Senado no se gana con una cifra simbólica, sino con una posición: estar entre los primeros de su propio partido. En una Alianza Verde más pequeña y más disputada, la campaña no es contra los otros, sino contra el reloj y contra los votos de casa.
En ese escenario, la contienda de John Amaya no se define solo en la suma de votos, sino en la correlación de fuerzas dentro de su propio partido.
Con una Alianza Verde más pequeña, más fragmentada y con figuras nacionales capaces de concentrar grandes votaciones, la pelea por el Senado se convierte en una competencia interna sin margen de error. Para Amaya, el reto es claro: no basta con crecer, hay que crecer más que los demás. Porque en una lista que ya no reparte curules con holgura, cada voto que no se gana en Boyacá o fuera del departamento puede terminar siendo el que marque la diferencia entre llegar al Capitolio o quedarse en la antesala del poder legislativo.












