Visita hoy el departamento el expresidente Álvaro Uribe Vélez, quien está acompañado por su candidata presidencial Paloma Valencia y la candidata al Senado Zandra Bernal. Parecen lejanas las épocas en que el líder del Centro Democrático era admirado, aclamado y respaldado mayoritariamente en las urnas. ¿Qué pasó?
Tal vez Álvaro Uribe Vélez, como presidente y como expresidente es el dirigente político nacional que más ha visitado a Boyacá.
Por esa razón, siempre habló con tanta propiedad del departamento. Cuando era el presidente de Colombia Uribe realizó varios de sus consejos comunales en ciudades como Tunja, Paipa, Puerto Boyacá, Guateque o Aquitania, conocía y saludaba con nombre propio a gobernantes y políticos boyacenses; parecía conocer, más que los propios boyacenses, los nombres y la ubicación en el mapa de cada uno de los municipios y con frecuencia llegó a los pueblos, especialmente del norte de Boyacá, que en esos tiempos fueron atacados a sangre y fuego por la guerrilla de las Farc.
La mejor época de Uribe en Boyacá fue entre el 2002 y el 2008, especialmente durante su primer gobierno (2002–2006) y el comienzo del segundo.
En esos años, cuando las Farc extorsionaban, reclutaban, secuestraban y atacaban obras de infraestructura como puentes y torres de comunicaciones, y se tomaron municipios de las provincias de Norte, Gutiérrez y Valderrama, Uribe era fue visto como ‘el salvador’.
Fue él quien ordenó la construcción del batallón de Alta Montaña número 2 Santos Gutiérrez de El Espino, que logró la pacificación del norte de Boyacá.
El departamento no solo le reconoció a Uribe la política de Seguridad Democrática, que tuvo un gran impacto en zonas rurales afectadas por presencia guerrillera y economías ilegales, sino que lo respaldó y le votó por su cercanía por el mundo rural, su lenguaje coloquial, sus consejos comunitarios, con los que escuchaba a los alcaldes y a las comunidades y les da soluciones, y por representar una alternativa frente a otros sectores políticos tradicionales.
En el 2003, Uribe era seguido, aclamado y amado por muchos boyacenses porque con su gobierno se sintieron cambios concretos. Casi que desaparecieron los retenes ilegales, se garantizaba movilidad en carreteras rurales y hubo recuperación de control estatal en zonas del norte y occidente del departamento.
Uribe aún no estaba desgastado, no había reelección (todavía), no existían grandes escándalos que vendrían después y en Boyacá lo veían como un presidente firme pero honesto.
En la parte administrativa y política el primer Mandatario tenía una relación directa con las autoridades locales (gobernador y alcaldes), que estaban alineados y cooperaban con el gobierno nacional y los consejos comunitarios generaban la percepción de cercanía real.
Para muchos municipios y sectores ciudadanos, el discurso de ‘orden y autoridad estatal’ conectó directamente con sus miedos y prioridades.
Sin embargo, en Boyacá y el país muchas cosas comenzaron a cambiar, primero, con las maniobras que Uribe tuvo que hacer para lograr que le aprobaran la relección y luego por los escándalos de su gobierno y los funcionarios de su gabinete y de su entorno que terminaron procesados por la justicia.
De la misma manera, los debates en el Congreso y las denuncias que sectores de la prensa realizaron contra Uribe y sus inmediatos colaboradores por parapolítica y falsos positivos terminaron en procesos legales y condenas no solo contra el propio gobierno sino contra congresistas que lo respaldaron.
Las investigaciones y el debate sobre paramilitarismo, incluyendo ‘los falsos positivos’ y choques con la justicia erosionaron la autoridad moral que antes tenía.
Pero con los años vinieron otros factores que fueron desgastando la imagen de Uribe: el cambio generacional: jóvenes urbanos (por ej. de Duitama, Tunja, Sogamoso), que no vivieron el peor momento del conflicto y para quienes la seguridad ya no era y no es el eje central. Pesan más temas como educación, empleo, ambiente y corrupción, en lo que a Uribe no le fue tan bien.
Sumado a eso, el proceso de paz y nueva agenda pública, promovidas por su sucesor, Juan Manuel Santos, y el Acuerdo con las FARC reordenaron el debate nacional.
El discurso de ‘mano dura’, promovido por Uribe, perdió centralidad frente a implementación, desigualdad y derechos.
En conclusión, en la primera década del Siglo XXI Uribe encarnó seguridad, orden y presencia estatal, claves para un Boyacá rural y golpeado por el conflicto.
Sin embargo, hoy su figura se percibe como parte del pasado político, asociada a polarización, conflictos judiciales y a una agenda que ya no responde a las prioridades del departamento y del país.
Un analista dijo que Boyacá no se volvió antiuribista, Boyacá se volvió post-uribista y que el expresidente no genera odio masivo allí, sino algo peor en política: irrelevancia progresiva.











