¡Alto ahí!

Poeta Luis Vidales. Foto | Casa De Poesía Silva / Vía Malpensante

Por | Darío Rodríguez / Escritor

“Qué civilización tan asombrosa ha alcanzado el loro”, dijo, escupió, gritó, canturreó, chifló, escribió, anunció, predijo y divulgó hace cien años el maestro Luis Vidales.

Parece que lo hubiera revelado hace un par de horas, o esta mañana.

El país y el mundo de Vidales no cambiaron. ‘Suenan timbres’, su centenario libro de poesía, sigue saliendo a las calles ayer y las venideras semanas, de los próximos cien años, para reírse a brutales carcajadas de toda nuestra decencia que no rompe un plato por estar robándose la vajilla completa, de todos nuestros honorables líderes que esta vez sí, esta vez en serio, van a arreglar la nación, pero destajándola en pedazos cada vez más pequeños.

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Lo increíble de estos cien años no es la juventud eterna de Vidales, de sus poemas.

“Hueco

único sitio habitable.

Casas.

Casas.

Casas.

Huecos interrumpidos por paredes y puertas”.

 

“Ruidos de la época de las cavernas

que andan todavía por el mundo.

Vosotros vagáis locos

buscando una salida

pero al igual que yo

no habéis podido encontrarla”.

 

“Los relojes pierden el tiempo”.

 

No. Lo increíble es que seguimos en las mismas. Vidales estaría, o estará (nada nos impide pensar que ese viejoven, ese joven viejo, no viva desternillándose de la risa y a la vez angustiado mientras le da un par de chupadas a su pipa) asombrado con el espurio espectáculo de bufones que es la Colombia de 2026, igual, igualita, igualitica a la de 1926. Un reconocido delincuente con disfraz de abogado y de cantante de ópera aspira a ser presidente, también unos muñecos de guiñol, una señora vociferante que se lanza al río Orinoco, un Tartufo de medio centavo con voz de locutor malogrado que deshonra a los camaleones, otra señora que no se llama Sandra sino Sondra (esto, en su rebuscada sonoridad, le hubiera encantado a Vidales).

Con ‘Suenan timbres’ llegaron a nuestra literatura las malas maneras, el irrespeto, el desorden lúcido.

Su ruidoso taladro se demoró unos años en hacer agujero profundo. Pero cuando lo logró ya no hubo vuelta atrás. Sin ‘Suenan timbres’ no habría aparecido espacio para la poesía citadina de Óscar Hernández y Rogelio Echavarría, la revolución de la revista Mito y el escándalo pasajero de los nadaístas. Les abrió un camino a quienes se sirven de la palabra al momento de burlarse del poder y de lo solemne. Hasta el día de hoy, hasta este febrero, cien años o cinco minutos después del carnaval y del bochinche que vino a implantar ese muchacho de Calarcá (Quindío).

 

“Por dentro de sus vestidos las gentes están completamente desnudas. Así para qué sirve la religión”.

 

“Todo muy bello

y muy recomendable

para las orejas

de todos los tamaños

y para las entendederas

de toda circunferencia”.

 

“¡Alto ahí!”, dice Vidales.

Y vamos a ir hasta la biblioteca a buscar alguna edición de ‘Suenan timbres’.

Sigue la vocinglería, la chacota, el ruidaje.

El carnaval pasa en este mismo momento por las calles.

Hay que asomarse a la ventana.

Y verlo.

Porque el trabajo de Luis Vidales, que consiste en ser inoportuno, también fastidioso, está apenas empezando.

 

“Consecuente con mi canción

busco debajo de la blusa

de la mujer hinchada de vigor

y encuentro el bulto de su seno,

Timbre

para llamar al corazón.

Nadie responde.

Y en el silencio de la hora

sigo oprimiendo el botón”.

 

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