Réquiem por Mikhail Krasnov


Por | Julio Medrano / Escritor

En un par de meses los tunjanos olvidaremos a la administración rusa en Tunja, así como olvidamos los desquicios y caprichos de mandatarios que precedieron a Mikhail Krasnov. Los libros de historia rememorarán, apenas como curiosa anécdota, que un ruso obtuvo el papel de alcalde de la capital de Boyacá. A nadie importará qué hizo, o, qué dejó de hacer. Los académicos del Pasaje de Vargas narrarán las quijotescas arengas del profesor, las fútiles pataletas contra la justicia, las de él y las de sus tinterillos y secuaces.

Los animales políticos más vergonzosos, querrán imitar su campaña a la alcaldía: inflada por medios de comunicación nacionales e internacionales, enardecida con discursos contra la clase política tradicional (la que los ciudadanos queremos erradicar, pero el establecimiento no pretende soltar). Su nombre como tendencia en redes sociales en Colombia, por mostrarse ante las ansiosas y caníbales audiencias, como un Bukele sazonado con ideas mockusianas; se comparó con Gustavo Petro y fantaseó emular a Putin. Habló mal del partido rojo, azul y verde. Después de elegido, abandonó temprano el sentido de sus palabras y entregó su espíritu y manos a los rojos, a los azules y a los verdes.

Al inicio de su mandato jugó a ser hombre de pueblo, comió y bebió con el vulgo, se amarró la capa del héroe que liberaría a la ciudad de la opresión elitista, religiosa e imbécil de los políticos de siempre. En menos de seis meses entendió la regla elemental del negocio al que acababa de entrar: todo mandatario debe obedecer a la realidad social, política, económica y, sobre todo, burocrática y chanchullera, de lo que pretende regir. Resultó convertido en un baladí nuevo rico del jet-set del altiplano. Ni siquiera aguantó la tentación del negocio del Aguinaldo. Quizá ahora, en lo que parece será un largo descanso apartado de los cargos públicos, tenga el tiempo para rendirse a los cuentos de Tolstoi.

Las próximas generaciones alzarán la cabeza hacia la montaña y verán las letras gigantes tipo jolibud, y recordarán su rostro redondeado por la comida de Runta y enmarcado con una ushanka. Algún contratista duitamense brindará a su nombre frente a un OXXO. Únicas proezas de la administración rusa en Tunja.

Como epitafio, su suegra, la gestora Social, tallará en piedra una de las frases más congruentes del ruso: “Podrán intentar detener a un alcalde, pero no podrán detener el sueño de Tunja”.

Al final, esta ciudad termina imponiendo su propio sueño, su propio letargo, su cotidiano conflicto consigo misma.

Za zdorovye, Mikhail.

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