El exgobernador Ramiro Barragán Adame decía hace pocos días que, en campaña, ha podido evidenciar el desconocimiento de muchos candidatos sobre lo que realmente hace —o puede hacer— un congresista.
“Si un candidato le dice sí a todo, es porque quiere endulzarle el oído; y lo está engañando, porque ese candidato no conoce cuál es el papel del congresista”, afirmó Barragán.
Lo que dice es cierto, y se refleja en eslóganes de campaña, promesas, afiches y consignas emotivas cargadas de ofertas grandilocuentes.
Por eso los ciudadanos —potenciales electores— deberían hacerse una pregunta básica: ¿qué puede hacer realmente un congresista y qué debería hacer un buen congresista?
No se trata de quién grita más duro, quién tiene más seguidores en redes sociales o quién promete “ayudar a la gente”. El Congreso no es una fundación ni una alcaldía paralela. Es, en teoría, el corazón de la democracia.
Un buen congresista empieza por entender para qué fue elegido. No gobierna, no ejecuta obras, no entrega subsidios. Su función es legislar, ejercer control político y representar intereses colectivos. Quien promete lo que no está dentro de sus competencias miente… o no tiene idea de lo que hace. Y ambas cosas son igualmente graves.
La preparación también importa. No todos deben ser juristas, pero sí deberían saber leer un proyecto de ley, entender un presupuesto y anticipar los efectos de lo que votan. Un Congreso lleno de improvisación produce leyes mal diseñadas que luego terminan pagando los ciudadanos. La ignorancia legislativa no es inocente: es peligrosa.
Ser un buen congresista exige, además, vocación real por legislar, no por figurar. El trabajo serio ocurre en las comisiones, en los debates técnicos, en la construcción de textos normativos. No siempre frente a las cámaras. Quien solo aparece cuando hay micrófonos, probablemente no está cumpliendo su labor.
La ética es otro pilar, y no se reduce a “no robar”. Implica coherencia. No cambiar de opinión según el financiador, no votar leyes por conveniencia personal, no usar el cargo como trampolín para el siguiente puesto. La ética política se pone a prueba cuando decir “no” tiene costos.
También está la representación. Un congresista no representa únicamente a quienes votaron por él ni a su círculo cercano. Representa a una región, a un sector o a una causa, y debe escuchar incluso a quienes no lo aplauden. Representar no es aparecer una vez al año para tomarse una foto; es rendir cuentas, dialogar y asumir posiciones incómodas cuando es necesario.
Y está el control político, quizá la función más olvidada. Un buen congresista incomoda al poder. Pregunta, cita a debates, insiste, revisa contratos y cuestiona políticas públicas. No está para ser amigo del Gobierno ni del establecimiento, sino para vigilarlos. Cuando el Congreso renuncia a esa tarea, la democracia se vacía.
Finalmente, un buen congresista entiende que el cargo es temporal. No se eterniza, no se cree indispensable, no convierte la curul en herencia familiar. Comprende que la política es servicio, no propiedad privada.
Tal vez la forma más simple de evaluar a un candidato sea esta: ¿qué leyes ha trabajado?, ¿cómo ha votado en momentos clave?, ¿a quién ha incomodado?
Si no puede responder con hechos, no estamos ante un buen congresista. Solo ante otro aspirante al poder.













