
Ningún argumento puede ocultar que Camilo Torres Restrepo fue un futuro perdido en los laberintos y absurdos de la lucha armada en Colombia. Hoy debe ser camino para la paz y no para la guerra.
Murió en su primera acción guerrillera, en aquella emboscada de 15 de febrero de 1966, tras correr veloz e ingenuamente a tomar el fusil de un militar que yacía muerto, en la vereda patio cemento del municipio de San Vicente de Chucurí (Santander). Quizá su afán por obtener el trofeo más preciado, el fúsil de su “enemigo”, en aquellos años de romanticismo guerrillero, precipitó su muerte. Solo cuatro meses duró su vida dentro de las filas guerrilleras, en una opción que genera debate, la cual es de lamentar y juzgar, pero bajo las complejidades de sus tiempos. Camilo Torres Restrepo, el cura guerrillero, es él y sus circunstancias en un momento histórico obnubilado por la lucha armada, donde varias de nuestras mejores generaciones han encontrado la muerte. Lo absurdo hoy es convertir su vida y muerte en símbolo y causa para prolongar la guerra en este país; ningún argumento puede ocultar que Camilo fue un futuro perdido en los laberintos y absurdos de la lucha armada en Colombia.
Esta corta vida en el “monte” ha restado visibilidad al Camilo Torres académico, político y comprometido con causas justas. Por ello al cumplirse sesenta años de su muerte, resaltaré algunos de sus aportes más valiosos y cómo su vida es y debe ser camino para la paz y no para la guerra. Su paso por centros académicos, como la Universidad Nacional de Colombia, donde fue promotor, profesor e investigador del programa de sociología, junto a su amigo Orlando Fals Borda plasman su grandeza. Análisis sociológicos arrancados desde las penurias de los pobres y las complejidades de la violencia en Colombia, caracterizarán sus estudios. Promovió la publicación del libro “la violencia en Colombia”, escrito en 1962, el cual constituye el trabajo base de los estudios sobre la violencia en Colombia. Escribió el ensayo: “La Violencia y los cambios socioculturales en áreas rurales colombianas”, presentado en el primer congreso nacional de sociología en 1963. Sin lugar a duda Camilo el sociólogo es pionero de los estudios sobre la violencia.
Empujado por sus discrepancias con el clero, especialmente con el cardenal Luis Concha, arzobispo de Bogotá, Camilo fue suspendido de la capellanía de la Universidad Nacional, en julio de 1962 y es trasladado a la parroquia de Veracruz, ubicada en el centro de Bogotá. Vuelve a la academia a través de la ESAP, donde es vinculado como decano del Instituto de Administración Social, hasta finales de abril de 1965. Desde la ESAP trabajo el tema de la participación en sectores campesinos de la mano del Instituto para la Reforma Agraria, INCORA.
Su vida académica está íntimamente relacionada con la actividad política, solo así se comprende el compromiso con sectores estudiantiles, trabajadores y en general populares. Nunca construyó fronteras entre academia y política, pues investigó bajo el claro convencimiento que el papel del académico era transformar e intervenir en el objeto de estudio. Por ello su actividad política, sacerdotal y académica confluyen en la teología de liberación, movimiento que propugna por la participación cristiana en los procesos sociales “en la liberación de las clases bajas, oprimidas económica y políticamente”. Iluso, soñador o realista su discurso generó una gran cantidad de seguidores, en un país inmerso en la violencia, excluyente e injusto. Sin embargo, sus convicciones lo llevaron a la errónea interpretación que la lucha política en la ciudad debería continuar en el monte a través de la vía armada.
Camilo Torres es fuente de reflexión para el presente, pues sus sueños de una Colombia en equidad, justicia y democracia continúan siendo una batalla de cada día. Sesenta años después de su muerte es necesario pensar el Camilo como ser humano, el “sentipensante” y desde el cura guerrillero aprender que para este país es imprescindible desterrar la opción de la lucha armada como camino político. Ni ética, ni ideológicamente, ni ningún motivo social o económico es válido para justificar la lucha armada en este país.
Hoy que urgen senderos de paz, requerimos aprender de la vida de Camilo Torres para convertir su historia en fuente de reflexión de la Colombia que hemos construido. No más actores justificando la violencia, por el contrario, intelectuales y políticos con imaginación para conducir esta sociedad a la tolerancia, el respeto, la convivencia pacífica y que busquen consensos sobre convicciones humanas integradoras. No azuzar jóvenes para la guerra, es un principio innegociable. Se requieren cristianos comprometidos con la paz, sensibles al dolor ajeno, pero fundamentalmente respetuosos de la multiplicidad de creencias. Camilo no puede ser el símbolo de grupos armados que le apuestan a la muerte, donde cualquier motivación altruista se diluye en medio de sus verdaderos intereses: fortalecerse a través de las economías ilegales que amenazan hoy los propios cimientos de un Estado de Derecho












