Mejor no hacer nada

Foto | Vía situr.boyaca.gov.co

Por | Julio Medrano

Mientras desfallezco en un bosque estrato seis en Tunja, pienso: ¿para qué construir algo en el Pozo de Donato? Mejor no hacer nada.

—Pozo de Hunzahúa —me corrijo, como una notificación automática ancestral.

Entreno junto a mi hija en el suelo árido del bosque rojo, por invitación de la academia de taekwondo Tercer Dragón Dorado. Una caminata familiar con rutina de ejercicios: una emboscada.

El pecho me cobra cada cigarrillo de mis últimos 27 años. Todo oscurece. Las risas de los chicos taekwondistas y las de sus orgullosos padres, no me dejan escuchar las instrucciones del Maestro. Mi almita aguardientera sale de mí después de unos —digamos cien— burpees.

Y mientras muero un poco aquí, mi mente divaga en quién se quedará con el Pozo. Durante estas últimas semanas, la conversación ha sido el contrato de administración y arrendamiento del predio histórico del Pozo de Hunzahúa, también conocido como Pozo de Donato.

La controversia es que, en este patrimonio arqueológico donde funciona la pizzería Pizza Nostra, la Contraloría General encontró un presunto detrimento patrimonial superior a mil millones de pesos por cómo se ha manejado ese bien público, cuestionando el canon de arrendamiento y la entrega de recursos a la universidad UPTC.

EL DIARIO preguntó en redes sociales qué debieran hacer con el Pozo. Cada tunjano tenía su propia idea de negocio, desde un museo arqueológico hasta un skatepark. Muchos coincidían en no entregárselo ni al municipio ni al gobierno del cacique pluma verde. Entonces, ¿dejárselo por otros veinte años más al dueño de la pizzería?

Si queda en manos de los derrochadores políticos, estos lo cubrirán de gravilla y cemento como destruyeron el Bosque de la República. Instalarán canchas de microfútbol y baloncesto, graderías y rampas para patinetas, aparatos para entretener a niños y drogadictos. Reservarán un espacio verde exclusivo para las cacas de los perros. Un lugar muy pet friendly.

Mejor no hagan nada.

Mi hija y los profesores de Taekwondo tratan de alentarme. Prefiero quedarme tirado en suelo un rato más y divagar en la fantasía de lo imposible: una biblioteca pública construida junto al Pozo.

Los empresarios políticos no tienen capacidad de ver un metro cuadrado con naturaleza en la ciudad. Ven un lugar verde y calculan cuántos carros caben, cuántos apartamentos, cuántas casetas de comida, cuántos OXXO. ¿Cuántos murales puede pintar la Gobernación? ¿Cuántas esculturas puede meter Eduardo Malagón?

Que el atractivo turístico sean las piedras, el charco, la historia. Que exista sin convertirse en proyecto, sin ser el patio trasero de un restaurante.

El Maestro viene a mí: «Morir con las botas puestas», dice. Recuerdo la canción de Ángeles del Infierno. Trato de reponerme. Invoco a mi almita, que me recoja, que después le brindo una copa para equilibrar el azar.

Coletilla: Lo llamaron [quizá un grupo de soldados ebrios de chicha] Pozo de Donato porque en el siglo XVII un capitán español, Jerónimo Donato de Rojas, fracasó en la búsqueda de tesoros allí. Y lo llamaron [quizá un grupo de académicos ebrios de vino] Pozo de Hunzahúa, por el mito del incesto entre el Zaque y la hermana.

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