Parásitos, política y mediocridad


Por | Manuel Humberto Restrepo Domínguez

El parásito, en la relación biológica alude a un organismo que vive a expensas de otro, debilitándolo sin llegar a matarlo inmediatamente. En política equivale a cierta patología de la mediocridad de quien renuncia a los ideales, principios y ética y se mete en el cuerpo social para vivir de él, lo que revela degradación tanto individual como colectiva. El parásito exitoso desarrolla adaptaciones específicas, se mimetiza, pasa de un partido a otro con facilidad, evita la detección, se proclama líder, compra conciencias y vende desgracias, neutraliza las defensas del colectivo social, optimiza su extracción de recursos y asegura su propagación.

      El parásito político existe porque la sociedad lo sostiene, puede ser el actor visiblemente corrupto o el que institucionaliza su dependencia del Estado o del tejido social, se mete en las estructuras burocráticas, partidarias, de grupos o movimientos, se incrusta, neutraliza los mecanismos de control (justicia, prensa libre, rendición de cuentas) mediante el clientelismo, la cooptación o la desinformación, y extrae recursos mediante prebendas, contratos opacos y transferencia de riqueza o robo directo. Su objetivo no es la salud de la nación ni de su región, ni de su institución, sino perpetuar su ciclo de vida, reelegirse indefinidamente o hacer rotación en cargos sin mérito y se esfuerza por eliminar desde adentro el objetivo original de una institución que es servir, para suplantarlo por el objetivo de perpetuar a su propia clientela, burocracia y a sus leales integrantes.

     José Ingenieros en su obra el hombre mediocre, distingue al idealista -que tiene ideales y lucha por ellos- del mediocre, que carece de ideales originales, no defiende nada (salvo lo suyo), es traidor, oportunista, adopta lo que se impone en el entorno (rutinas, prejuicios, modas, dogmas). Ese mediocre es en esencia un parásito de las ideas ajenas y de la energía social. Su virtud máxima es la astucia para navegar en todas las aguas y aprovecharse del statu quo. El parásito político ha renunciado a ser un servidor público, un defensor del bien común o un líder de la transformación social, pero aprende a adoptar los rituales y discursos de la política como su juego de poder y repite incansable un mismo libreto envejecido sin otro argumento que estar en contra de algo o de alguien por que sí y acuña y publicita injurias, insultos, calumnias, vulgarizaciones. Su ideal prestado es la retórica patriótica o partidaria, defender la patria, la seguridad o el orden, que utiliza como una cortina de humo para enmascarar su verdadero fin que es la extracción de recursos. El mediocre y la clase política parasitaria que lo sostiene y empuja a subirse al tren del poder subsiste de frases hechas, eslóganes, memes, fotos con sonrisas diseñadas y promesas vacías, pero carece de un proyecto para su sociedad.

     La simbiosis parasitaria produce efectos patológicos idénticos en la biología y en el cuerpo social que es el debilitamiento crónico. El huésped biológico sufre anemia, desnutrición y mayor susceptibilidad a otras enfermedades y, la sociedad huésped de una clase política parasitaria padece anemia cívica (desconfianza, apatía), desnutrición de sus instituciones (justicia lenta, educación precaria, infraestructura decadente) y una inmunodeficiencia que la hace vulnerable a males como la exposición a múltiples violencias. La energía que debería destinarse al desarrollo de la nación y sus instituciones y la cohesión social es drenada hacia el sostenimiento de una red de intereses y privilegios, clientelas de poder y falta de mérito para representar a las comunidades o acceder a cargos, favoreciendo la supervivencia y reproducción de los parásitos políticos, que resultan letales a mediano plazo para la sociedad.

      La salida de este círculo vicioso siguiendo la analogía, exige un sistema inmunológico social robusto con anticuerpos de ética, justicia independiente, prensa crítica y libre, y una ciudadanía educada y vigilante que recobre el espíritu idealista. Se trata de reclamar la política como un espacio para ideales nobles y acciones éticas, en oposición a la mediocridad parasitaria y sus sistemas. La historia la hacen los idealistas, los que resisten la viscosidad del medio (J. Ingenieros), no se hace con afiches de temporada, ni frases de cajón, ni memes, ni ofertas de puestos, asados y mentiras. Combatir el parasitismo político requiere fomentar un sentido de dignidad y conciencia y entender que los parásitos existen gracias a sus electores, a sus votos y que adentro y afuera de las instituciones, las empresas, las organizaciones, los partidos, los grupos, la sociedad en general, es mucha la gente que tiene la voluntad de pensar con ideas propias y actuar con miras al bien común, restableciendo una relación simbiótica mutualista donde el gobernante y la sociedad se fortalecen mutuamente.

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