
Cada amanecer trae a nuestra humana condición sensaciones y sentimientos opuestas: desde la más fervientes ilusiones o esperanzas, hasta las más desoladoras y horripilantes tristezas, preocupaciones y frustraciones.
Aunado a dichas emociones, en los actuales tiempos estamos expuestos a una abrumadora cantidad de información difundida a través de las pantallas y medios digitales, datos e imágenes incontables y -en no pocas oportunidades-, incontrolables en tiempo real que no dan un mínimo espacio para la consideración y análisis y que sólo en cuestión de minutos esas opiniones o ideas recibidas terminan siendo remplazadas, un nuevo dato o reciente o información de manera vertiginosa expulsa o destierra a la anterior sin que se nos permita digerir y asimilar, no hay reflexión, no hay huella, estando condenados a aceptar un “eterno” presente que nos aísla de la realidad y tristemente nos impide vivir, sentir y reflexionar cada instante de nuestra existencia.
Impera una información sobreestimulada que se difunde a través de un excesivo uso de pantallas y herramientas digitales que nos viene anestesiando en una burbuja de ilusiones y utopías que llenan nuestro tiempo “presente” de vacíos emocionales y existenciales que conllevan a desviar el verdadero sentido humano de disfrutar la vida a partir de la experiencia propia, de lo tangible y de la interacción con nuestros semejantes.
No podemos seguir condenados a ese “eterno” presente. Hay que hacer las paces con la realidad e interactuar en ella, entender y aceptar ciertas cosas tal como son. La vida tiene su propio ritmo, no necesariamente siempre resulta justa, cada falla o caída es un examen que nos reta, no estamos obligados a alcanzar la perfección, pero sí ineludiblemente a priorizar lo que llena y enriquece nuestra condición humana.
Existen muchos y simples motivos para aferrarnos a la vida: las buenas conversaciones, un viaje de ida, los ataques de risa, las buenas noticias, una causa por la que luchar, el sabor de un vino, una canción, la sonrisa de los niños y un amanecer, entre muchas y sencillas diminutas dichas que nos invitan a celebrar el milagro de estar vivos.
Evadir el “eterno” presente implica saber distinguir en nuestro día a día, qué circunstancias, hechos o situaciones podemos controlar y cuáles no. En fin de cuentas, disfrutar y vivenciar el presente tangible y real, no el materialismo exacerbado que nos crea una obsesión por un futuro que probablemente ni va a llegar.
“Hazte un regalo a ti mismo: el momento presente”.
Marco Aurelio, Meditaciones











